David Gómez ha vivido una experiencia que va más allá del arbitraje.
Se ha convertido en testigo directo y protagonista de un evento único: los Juegos Olímpicos de los Pequeños Estados, celebrados este año en Andorra.
Un total de más de 1000 deportistas provenientes de nueve países – Andorra, Islandia, Liechtenstein, Luxemburgo, Malta, Mónaco, San Marino, Chipre y Montenegro – se dieron cita en este singular encuentro multideportivo, donde compitieron en 19 disciplinas.
Para David, estar allí no fue solo una misión técnica o reglamentaria, sino también humana y emocional: “Mi experiencia ha sido muy positiva, muy parecida a unas Olimpiadas con la totalidad de los países”, asegura.
“El ambiente ha sido increíble, con las banderas de todos los participantes ondeando por todas partes. Es algo que te llena como deportista, árbitro o simplemente como persona”.

Más allá de su labor en la pista, Gómez tuvo la oportunidad de interactuar con árbitros de otras disciplinas, lo cual definió como “muy interesante y enriquecedor”.
“Ver cómo trabajan otros colegiados, compartir experiencias, debatir sobre decisiones o simplemente tomar un café entre partidos… eso también es crecer como profesional”, comenta.

Las instalaciones, ubicadas en un club amplio y cómodo, cumplieron sobradamente con los estándares. Pero no solo eso: la organización, el transporte y la planificación general fueron definidos como “impecables”.
“Todo funcionaba a la perfección, era un entorno ideal para competir y disfrutar del deporte”.
Uno de los aspectos más destacados del evento fue ese espíritu internacional y de compañerismo que impregnó cada rincón del certamen.
“En resumen, una experiencia que volvería a repetir tanto a nivel organizativo como por el ambiente internacional y el compañerismo entre todos”.
Los Juegos Olímpicos de los Pequeños Estados pueden no tener el alcance mediático de Tokio o París, pero sí conservan intacto el espíritu original del olimpismo.

📷 David Gómez



